Cuando comprendí que el problema no era únicamente el diagnóstico

Durante mucho tiempo pensé que lo más difícil sería convivir con un problema de salud mental. Aprender a entenderlo, aceptar determinados cambios y reconstruir aquello que me había cambiado la vida por completo.

Sin embargo, cuando comencé a recuperarme descubrí que existía otra batalla mucho más silenciosa a la vez que dolorosa.

Esas barreras no venían de mi propia mente, sino de la sociedad.

Estudiando un libro sobre el estigma pude descubrir que el diagnóstico puede describir una parte de lo que te ocurre, pero nunca puede explicar todo lo que eres. No habla de tus sueños, de aquello que sabes hacer, de las personas que quieres, de tus esfuerzos, de tus conocimientos ni de todo lo que todavía puedes aportar.

En ese texto se hablaba de las etiquetas y de cómo pueden condicionar toda tu vida.

Entonces empiezas a preguntarte quién conoce tu historia

El estigma no siempre aparece como un rechazo explícito. Si fuera así, sería mucho más sencillo identificarlo.

A veces es mucho más sutil. Aparece en conversaciones, en miradas, en rumores que simplemente no puedes evitar. Que no conoces o no has escuchado, pero la intuición te dice que existen.

Surge entonces el  miedo a que antes de conocer a alguien te preguntes qué sabe de ti. Antes de explicar determinadas etapas de tu vida calculas cuánto puedes contar. Antes de hablar de salud mental valoras las posibles consecuencias.

Poco a poco, algo que debería pertenecer a tu intimidad puede convertirse en una especie de negociación permanente entre dos necesidades: ser tú mismo y protegerte.

Ahí comprendí una de las consecuencias más profundas del estigma.

No necesita que alguien te diga directamente: «te rechazo».

A veces basta con conseguir que tengas miedo de que pueda ocurrir.

Siempre he pensado que es necesario aportar sinceridad para combatir el estigma en salud mental. Sin embargo, el silencio puede parecer la mejor solución. Porque si nadie lo sabe, nadie podrá juzgarte.

El problema es que estás ocultando una parte de tu vida por el miedo al qué dirán. Y eso te condiciona de forma interna.

En la actualidad, muchas personas hablamos abiertamente de salud mental. Lo hacemos en charlas explicando nuestra experiencia en primera persona. También hay muchos autores y autoras que cuentan sus vivencias a través de la literatura.

Pero existe una contradicción difícil de ignorar: cuando miles de personas sienten que deben esconder sus problemas de salud mental para protegerse, el silencio termina ayudando a conservar precisamente aquello de lo que intentaban protegerse.

El prejuicio permanece porque apenas encuentra historias que lo contradigan. A esto me refiero cuando hablo de sinceridad. ¿Por qué tener miedo a expresarnos?

Claramente puede haber discriminación laboral o despido. Pueden romperse relaciones de amistad o románticas. Los vecinos te ven de otra forma. La sociedad conoce la etiqueta, pero no siempre conoce a la persona.

Conoce determinados estereotipos, pero quizá nunca descubre que detrás de un diagnóstico puede haber un trabajador, una estudiante, un padre, una amiga, un investigador, una vecina, un empresario o simplemente alguien intentando construir su vida como cualquier otra persona.

Y fue entonces cuando pensé en cambiar la pregunta. Ya no era solamente: ¿Qué ocurrirá si hablo? Empezó a ser: ¿Qué ocurrirá si todos seguimos callados?

Romper el silencio tampoco significa contar absolutamente todo. Hay que utilizar un lenguaje adecuado y encontrar el momento preciso. De otra forma puede surgir la sorpresa en la persona que nos escucha y aparece el condicionamiento sobre lo que la persona supone que somos.

Pero mi decisión personal fue transformar parte de lo vivido en algo que pudiera resultar útil. Por ello, publiqué mis experiencias en varios libros. Me demostré a mí mismo que hablar sobre salud mental era beneficioso para mis emociones y mi bienestar.

Porque comprendí que una persona puede tener un diagnóstico, pero una persona no es un diagnóstico. Parece una diferencia pequeña, pero resulta un enorme cambio en las miradas.

En realidad, cambia completamente la mirada.

Entonces entendí por qué tenía que escribir este libro

Un mundo sin estigma nace precisamente de esa reflexión.

No quería escribir únicamente sobre problemas de salud mental. Quería hablar de lo que sucede alrededor de ellos.

De las etiquetas, los prejuicios, los miedos, el silencio y la discriminación que resulta de todo ello.

Pero también se trata de aportar soluciones, oportunidades, de ser comprensivos y buscar la inclusión, la dignidad y la posibilidad de cambiar.

Porque combatir el estigma no consiste simplemente en pedir a la sociedad que sea más tolerante.

También exige hacerse preguntas incómodas.

¿Cómo reaccionaría si un compañero de trabajo me dijera que tiene un problema de salud mental? ¿Cambiaría mi percepción sobre sus capacidades? ¿Utilizo determinados diagnósticos como insultos sin pensar en las personas que conviven con ellos? ¿Creo realmente en la inclusión cuando tengo delante a alguien diferente?

Y quizá la más importante:

¿Cuántos de mis prejuicios siguen siendo invisibles para mí?

No escribí Un mundo sin estigma porque crea que ya conozcamos todas las respuestas.

Lo escribí porque creo que todavía necesitamos hacernos muchas preguntas.

No podemos eliminar décadas de prejuicios de un día para otro, pero podemos empezar por algo. Escuchar antes de juzgar y preguntar antes de asumir. Informarnos antes de repetir un estereotipo y comprender a la persona antes que al diagnóstico.

Y permitir que alguien pueda hablar de su salud mental sin tener que preguntarse inmediatamente qué consecuencias tendrá haberlo hecho. Porque esto ataca directamente a la iniciativa que pueda tener la persona que quiere ser sincera.

Quizá un mundo completamente libre de estigma todavía parezca lejano.

Sin embargo, cualquier transformación social comienza cuando alguien cuestiona algo que hasta entonces parecía normal.

Y por eso quiero terminar planteándote una pregunta:

Si mañana alguien importante para ti te contara que tiene un problema de salud mental, ¿cambiaría tu manera de verlo?

La respuesta puede decirnos mucho más sobre el estigma de lo que imaginamos.

¿Y si algunos de nuestros prejuicios fueran mucho más difíciles de reconocer de lo que creemos?

Un mundo sin estigma es una invitación a mirar más allá de las etiquetas, cuestionar determinadas ideas sobre la salud mental y reflexionar sobre qué podemos hacer para construir una sociedad en la que un diagnóstico nunca determine el valor de una persona.

QUIERO DESCUBRIR UN MUNDO SIN ESTIGMA

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