En el apoyo entre iguales, el sufrimiento psíquico no se analiza desde una perspectiva profesional, sino desde las vivencias compartidas. Se trata, por tanto, de una relación menos “lejana” y, por tanto, distinta (y por supuesto complementaria).
Este hecho convierte esa experiencia en primera persona en un elemento que aporta mucho valor a las personas que buscan su recuperación o su proyecto de vida independiente.
Pero, ¿por qué tiene ese valor intrínseco? ¿Por qué la experiencia vivida genera otro tipo de vínculos? ¿Por qué se vuelve un instrumento tan valioso para los diálogos? Tal vez sea porque el hecho de compartir un sufrimiento psíquico produce una empatía casi de forma instantánea que favorece el diálogo, la confianza y, en definitiva, la comprensión más allá de la terapia profesional.
No se trata de ninguna manera de un sustituto de las terapias actuales, sino más bien de un enriquecimiento que nace de aprovechar, por ejemplo, los insights que las personas adquieren durante su proceso de recuperación.
Cuando una persona ha vivido esas experiencias, su escucha y sus diálogos son distintos, se producen otro tipo de conversaciones que nacen del hecho de compartir, es decir, de comprender al otro desde fuera. Ya no desde la distancia vertical, sino de una relación entre iguales y, por tanto, horizontal.
La conclusión es que podemos observar que la experiencia en primera persona puede ser un lenguaje universal, en el sentido de que podemos entender y compartir con otras personas unos hechos y unas experiencias vitales que no necesitan ni explicación interpretación ni traducción.
¿No resulta una oportunidad necesaria para esa transformación y cambio de cultura que tanto buscamos?
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