Pobreza y salud mental: una crítica desde la experiencia

Antonio Ramos

La realidad de la pobreza generalizada de las personas con problemas de salud mental es una cuestión sobradamente conocida. Tan bien conocida como ignorada; algo que puede resumirse en el conocido “somos invisibles ante la sociedad”.

¿Cómo se sostiene este argumento? Observemos algunos datos:

  • Aproximadamente el 85% de las personas con problemas de salud mental están desempleadas[1].
  • Entre el 30% y el 40% viven bajo el umbral de la pobreza[2].
  • La tasa de pobreza del colectivo es casi el doble que la población general.
  • Las pensiones no contributivas rondan los 550 euros al mes, algo que no solo era insuficiente hace años, sino que debido al aumento de precios se ha producido una merma significativa el poder adquisitivo del colectivo.
  • Un 60% de las personas con problemas de salud mental perciben discriminación laboral directa cuando solicitan empleo[3].

Como viene siendo habitual, las pensiones fijas no pueden adaptarse a una inflación descontrolada. Para entender este problema, debemos saber que los precios han aumentado un 42,2% desde el año 2005 al año 2023. La revalorización de las pensiones en ese mismo periodo de tiempo ha sido del 33%.  Se ha perdido, por tanto, un 9,2% de poder adquisitivo (una auténtica barbaridad para un pensionista)[4].

Esto implica que sean insuficientes para vivir y afrontar gastos básicos como la vivienda, la alimentación, los suministros y, en general, el resto de bienes y servicios que son consumidos por la población en general.

El acceso al trabajo está prácticamente prohibido debido a la discriminación empresarial, las barreras al acceso a la función pública. Algo que podemos generalizar a todas las fuentes de ingresos que podrían solucionar este problema con la actividad de la persona.

Sin trabajo, con unas pensiones claramente insuficientes y con el añadido del aumento del coste de la vida, nos encontramos con una incapacidad absoluta para adquirir todos los productos y servicios básicos y necesarios para la vida independiente.

Calidad de vida: dimensiones y cómo nos afecta la falta de recursos económicos

¿Por qué hablar de pobreza y salud mental? Porque la calidad de vida que tanto se defiende desde los modelos requiere de unos recursos socioeconómicos que no existen (al menos en nuestro país).

Por ejemplo, si observamos las dimensiones de la calidad generales de un modelo concreto[5]: Bienestar físico; Bienestar emocional; Relaciones entre personas; Bienestar material; Desarrollo personal; Autodeterminación; Inclusión social; Derechos. Podemos intuir que el dinero es totalmente necesario para casi todas ellas.

Por ello, una reflexión rápida nos puede hacer ver que varias de esas dimensiones dependen y afectan a la economía de la persona que tiene un problema de salud mental. Esto es, la calidad de vida en salud mental implica luchar contra la pobreza y la exclusión social, la disposición de vivienda, la mejora del acceso al empleo tanto público como del sector privado, un gasto en salud adecuado y, en caso de que una persona necesite una pensión, que esta no merme su calidad de vida y le obligue a vivir como una persona pobre.

Polémica y Política

Como podemos sospechar, es tremendamente difícil salir de esta situación de exclusión social. Además, la pobreza está íntimamente relacionada con la salud mental. Por ejemplo, hay estudios que relacionan el consumo de medicamentos psiquiatrizados con la pobreza, concluyendo que es mucho mayor para este segmento de la población.

Aquí la principal polémica surge al contraponer la caridad con los derechos sociales. Primero, la mayoría de personas usuarias que yo conozco no quieren depender de la caridad (aunque tal vez sea un apoyo que hemos necesitado en algún momento de la vida). Las personas que tienen un problema de salud mental y tienen la voluntad de trabajar, no son realmente diferentes al resto de la sociedad. Simplemente se enfrentan a una problemática que tiene unos componentes discriminatorios adicionales.

¿Cuáles son esos componentes? A modo resumido puedo citar:

  • El estima interiorizado y el autoconcepto de validez para el empleo.
  • Actitudes paternalistas de familiares y profesionales.
  • Miedo a perder prestaciones por tener un empleo temporal o precario.
  • Barreras y discriminación laboral de los empresarios y necesidad de ocultar la condición para evitar el rechazo o el trato diferente[6].
  • Falta de adaptación de los entornos laborales a las necesidades específicas del colectivo.

Surge la pregunta, ¿la tasa de paro y la pobreza son un problema del colectivo o la sociedad y su modelo económico-empresarial contribuyen al mismo? Lo que sí es cierto es que, por una razón u otra, no existen intereses suficientes para el cambio de paradigma o de cultura. El problema de los intereses políticos que perpetúan este problema afecta a:

  • La inversión en todo tipo de recursos que no son rentables electoralmente hablando.
  • No reconocer el problema y la necesidad de tener unos ingresos suficientes que garanticen la calidad de vida.
  • El gasto en políticas, infraestructuras, recursos y servicios más “visibles” o que generan una mayor publicidad y beneficio personal y político, ante otras decisiones o acciones menos rentables en general.
  • Conveniencia de mantener a las personas en silencio y digámoslo claramente: bajo cierto “control”.

No se entiende de otra manera que, conociendo el problema que planteo, no se busquen soluciones desde el Estado de Bienestar. Si bien estas causas tienen una solución práctica sobradamente conocida, mi conclusión es que los intereses económico, políticos y sociales prefieren que convivamos con el problema antes de trabajar en conjunto para solucionarlo.

Conclusiones

Si al sufrimiento psíquico, a las características de un problema de salud mental, le añadimos un problema externo que influye negativamente en la vida de la persona, nos encontramos con una lucha que ya no solo es interior, sino que viene desde afuera (como ese famoso locus externo de la psicología).

En este sentido, hablo de la sociedad, los empresarios, los compañeros de trabajo, los políticos, la dinámica económica, la falta de recursos socioeconómicos, el estigma y la discriminación en todos los niveles.

En fin, parece que las personas con un problema de salud mental debemos seguir siendo invisibles, sin posibilidad de cambiar algo que no nos dejan cambiar. ¿Es ese el verdadero concepto de empoderamiento que tanto defendemos? ¿Por qué una sociedad que defiende todas las garantías sociales no lucha por cambiar este grave problema de malestar en todas las dimensiones? ¿Cómo podemos buscar un modelo de calidad de vida ignorando todos estos datos, hechos y realidades?

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[1] CERMI. (2014). El 80% de las personas con enfermedad mental están en desempleo. https://cermi.es/noticia/el-80-de-las-personas-con-enfermedad-mental-estan-en-desempleo

[2] Instituto Nacional de Estadística (2025).

[3] Salud Mental España. (2025).  SALUD MENTAL ESPAÑA evidencia una vulneración múltiple de derechos de las personas con problemas de salud mental ante un mercado laboral excluyente.  https://consaludmental.org/sala-prensa/vulneracion-derechos-personas-salud-mental-mercado-laboral-excluyente/.

[4] Instituto Nacional de Estadística (2025)

[5] Plena Inclusión. (2024). Dimensiones de calidad de vida. https://www.plenainclusion.org/discapacidad-intelectual/recurso/dimensiones-de-calidad-de-vida/

[6] El lector puede plantearse que haría en una entrevista de trabajo a la hora de comunicar libre y sinceramente que tiene un problema de salud mental.

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