IMPORTANTE: el hecho de narrar un episodio real del brote psicótico que viví hace 12 años, solo tiene un objetivo. Narrar un suceso real muy alejado de lo que la sociedad piensa sobre las personas con problemas de salud mental. Los medios de comunicación casi siempre se refieren a nosotros cuando se produce un suceso violento, transmitiendo que la causa del suceso es un problema de salud mental. Te invito a que busques algún rastro de intención de cometer un acto violento o delito en este suceso real.
Como puedes imaginar, los pensamientos delirantes provocan sufrimiento, pero también pueden provocar alegrías derivadas del entendimiento de la creación de Dios, o el mismo hecho de saber que hablas con Dios, o sentirte un profeta, vivir otras vidas, aventuras increíbles, etc.
Estoy seguro que más de una persona pagaría por saber qué siente y piensa un profeta, o alguien realmente muy importante. Sin embargo, estas alegrías tienen un grave inconveniente. Al dejar de “soñar” se produce una caída estrepitosa del estado emocional, generando en muchas ocasiones una profunda depresión.
Piensa en el bienestar que produce sentirse una persona lo suficientemente importante como para que el día que ella elija le toque la lotería (nace de la idea de que esto es una práctica común de la Lotería del Estado), pero piénsese la tremenda decepción que supone el hecho de descubrir que esto es falso.
Generalmente, los pensamientos delirantes provocan un trastorno que a menudo puede conducir a una alteración del orden público. En mi caso, en pleno brote psicótico entendí que era necesario “desaparecer” de una manera instantánea de la vida pública de mi pueblo. Existían dos posibilidades, o bien ingresar en la cárcel o bien simular una muerte. Valorando la situación, decidí decantarme por la primera posibilidad. En ese caso, debía simular alguna infracción suficientemente grave para que me detuviese la policía, pero nunca transgrediendo los límites que me imponía el pacifismo que me caracterizaba.
No soy capaz de imaginar qué hubiese pasado si en mis pensamientos hubiese entrado en juego cualquier clase de arma, pero me mantengo firme en mi convicción de que la hubiese ignorado (porque soy una persona pacífica). A pesar de los pensamientos delirantes, yo nunca perdí la noción del bien y del mal, y actué con la inteligencia que me caracteriza, puesto que la esquizofrenia no afecta a la inteligencia en absoluto.
El día elegido para mi desaparición pública, viajaba entre mi pueblo (Sax) y la ciudad vecina de Elda. En el viaje comenzó a rondar por mi mente la idea de que ya había ganado a todos en el juego, mi puntuación había sido tan alta que el premio era actuar como parte de los servidores del juego.
Durante el viaje imaginaba que iba a estar toda la vida jugando a Diablo2, enseñando a otros jugadores, actuando como el maestro que era. Incluso pensaba que la mudanza de casa que estaba llevando a cabo con mi padre era consecuencia de ello.
Obviamente al llegar a casa y no encontrar cambio alguno, bajo los efectos de la marihuana y delirando comencé con mi proyecto de “desaparecer”. Para ello decidí dejar mi coche en un sitio en el que obstaculizaba el paso del resto de vehículos, al hacerlo, un policía furioso intentó detenerme, pero resulta que mi constitución deportiva hacía que corriese más que él por lo que durante la persecución me permitía el lujo de gritarle, “¡corre más, gordo, corre más!”, tras unos minutos de persecución conseguí darle esquinazo, pero otro policía me cortó el paso.
Este segundo policía consiguió ponerme las esposas. Recuerdo estar tumbado en el suelo con las esposas puestas, gritando “¡que me ahogo, que me ahogo!”, el policía asustado con mis gritos se apartó de mí un poco y permitió que con un astuto movimiento me quitase las esposas y le diese un codazo en la cara. Seguí corriendo calle abajo hasta que los despisté a todos y me escondí debajo de un coche. Tras unos minutos de serenidad, decidí entregarme a la policía, puesto que ya había cumplido con mis objetivos, es decir, había realizado una infracción, pero leve.
Quiero resaltar que esta conducta específica suele repetirse en prácticamente todas las personas que sufren un brote psicótico, siempre teniendo en cuenta que cada persona sufre el trastorno de una manera singular. Recuerdo ir esposado en el coche de la policía gritando, porque creía que estaban hablando de mí en la radio local, ¡que sí, que yo era parte del clan infernal de Diablo!, que yo era el gran jugador que había conseguido la gran puntuación, en definitiva, que yo era lo suficientemente malvado como para formar parte de los “controladores del juego”.
Dado que en Villena y comarca no existe un hospital psiquiátrico, a mí me ingresaron en el Hospital Psiquiátrico de Santa Faz. Recuerdo que, al llegar al hospital, había un pequeño belén, yo delirando cogí al niño Jesús, ¿Por qué? Porque mi vida al igual que la suya acababa de empezar. En la entrevista inicial con los psiquiatras no presté atención prácticamente a nada, pero recuerdo que me mostraron un papel, solicitando mi firma para iniciar un tratamiento médico.
Para mí, en ese estado, la firma en el papel significaba el inicio de un nuevo contrato, el contrato de mi nueva vida. Por lo que lo firmé encantado; una vida que dedicada al videojuego, por aquel entonces mi sueño de vida perfecta. Mi nueva vida como jugador “asalariado” comenzaba.
Al día siguiente me desperté gritando, “¡mi pierna, mi pierna!” Mi mente se refería a la pierna de Wirt , un objeto del juego, pero esto sólo lo entendía yo, aunque no era consciente de que sólo lo entendía yo, sino todo lo contrario, pensaba que estaba en un sitio en el que estaban el resto de jugadores que habían conseguido llegar hasta ese nivel del juego, por lo que todo el mundo me entendía (recuérdese el miedo a terminar con una discapacidad física grave).
Al pasar varios días medicándome, empecé a ver la realidad tal como era, empecé a relacionar pensamientos reales con los del juego y poco a poco fui tomando conciencia del problema. Unos cuantos días después ya me hallaba estudiando informática, había recuperado mi conciencia y los pensamientos delirantes habían desaparecido por completo.
El hecho de narrar mis vivencias debe reforzar, no sólo la conducta de los profesionales que luchan contra la esquizofrenia, generando comprensión y ánimo, sino que también debe sensibilizar al público en general, mostrando que la conducta que nos lleva al ingreso en un hospital psiquiátrico no debe ser la parte esencial del conocimiento sobre la salud mental.
Es claro que son las conductas llamativas y sensacionalistas las que mejor memoriza el público no especializado, por lo que debemos crear nuevos paradigmas sobre el conocimiento de la enfermedad mental en público no especializado. Debemos mejorar la información que recibe la sociedad para luchar contra el estigma que existe sobre la enfermedad.
Espero que este esfuerzo de sinceridad tenga alguna repercusión a la hora de ver y entender lo que realmente es un problema de salud mental.
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